Sus miradas se iluminan cada vez que oyen “SENARA” y susurran con nostalgia: “¡mi colegio!”. Es mucho lo vivido entre estos muros que se mantienen firmes después de 45 años: la primera comba, el escondite, risas, travesuras ¡cómo olvidarse!.
Esta infancia feliz se rememora al atisbar desde el umbral de la puerta, los ladrillos blancos que ellas vieron poner uno a uno cuando Moratalaz sólo era un proyecto.
Conscientes de que hoy recogen la cosecha abundante que ayer otros sembraron, se adivina el agradecimiento en sus entrañables visitas. “Es como volver a casa”, dicen con cariño.